miércoles

Apología



Un. Dos. Tres. Probando. Probando.
 –Nuevo horario de 9 a 10 am en el aula 5.– 
¿Me oyes?
 –Por diferencias he decidido dimitir de mi cargo en la revista.– 
Un. Dos. Tres. Probando. Probando.

A veces es necesario recordar que tenemos dos oídos y una boca. El ser humano se encuentra medio sordo; como si le hubiesen cortado el oído izquierdo antes de bañarlo con gasolina o, en el mejor de los casos, antes de un retrato. Como lo diría Schleiermacher: "el hombre no entiende lo que habla, nos habla pero no nos dice nada."
Se supone que deberíamos escuchar más y hablar menos; en otras palabras actuar más, imbuirnos en lo que nos rodea, dejar esa actividad pasiva del gran hermano que todo lo juzga, del poncio Pilatos que se lava las manos; dejarlo para comenzar a hacer frente a la las responsabilidades que implican nuestras decisiones.
Dice la canción: Clowns to the left of me, jokers to the right / Here I am, stuck in the middle with you / and I'm wondering what it is I should do... –¿Me oyes?– Por eso que es necesario dejar que el café se derrame por los bordes de la taza, que la tormenta surja en el vaso de agua para que nos vaciemos de contenidos obsoletos y los llenemos con nuevos. Con el asombro de un nuevo día.

Es por ello que te suplico, amor mío, que esta noche antes de yacer en la cama jales de la cadena del inodoro. El día de mañana ya tendrá sus propios problemas, por hoy ya fue la noche y mañana del día 28; y vio Dios que todo era bueno en gran manera.


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®Elihe y las apologías de la vida.

Ruptura


La infanta ya avienta los juguetes de antaño, 
ha sustituido la paleta por el labial rojo 
y el beso de sabor algodón azucarado 
por el sabor momentáneo de placeres extraños. 

Sus ojos cambiaron 
la inocencia por unos cuantos obsoletos regalos; 
los vestidos se han quedado empolvados, 
mientras que con descaro se desnuda frente a un extraño.



Llegara el día en que la infanta ya no se desnude; 
el día en que al andar desnuda buscara en los regalos, 
los ojos y los besos de los extraños, 
la calidez de aquella habitación donde la concibieron.

Solamente encontrará el reflejo de su acabado cuerpo,
la rodearan las sombras del tiempo; 
su alma llorará hasta morir y anhelara ser la mujer, 
que del otro lado, 
aún no ha derramado una lagrima por el bestial humano 
y sigue besando sapos encantados.


El vuelo II




(Despertar del sueño:
Primero fue el canto de una ave; luego se hizo la luz.
Justo como si entrara por una gran ventana 
en una habitación blanca.)


He consumido todo mi alimento,
he volado sobre el abismo que nos separa;
llegué hasta tu ventana 
y me desvanecí con el mañana.

Mi primavera se volvió invierno;
volé de regreso,
junto a la barda 
se rompieron mis alas.

Decidí saltarla;
mientras bajaba
alguien dijo:
De ti, chaparrita, quiero un beso.
No llores, ya es un nuevo mañana.

Desperté en mi cama,
primero fue el canto del ave;
luego se hizo la luz entrando por la ventana.
Esa blancura imprimiendo su color entre las sombras.


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Existen veces en que no todo se encuentra perdido;
uno puede transitar por el túnel más obscuro sin
saber si existe la luz al final... y de la nada la salida
se encuentra al doblar la esquina. 
No busquen interpretaciones, este texto es despertar
de un largo proceso mental; ... despertar de ese largo sueño.

®Elihe 
7 feb – 31 dic.
1º – 14 de enero.

2015

Normalmente en la última hora del día pasamos a la alegría de tener 365 días para cambiar los años anteriores. 

Por medio de ti me conocí; letras y letras que nos acercaban desde el otro lado de las ventanas. Sentimientos, emociones e ilusiones; personas, ciudades, sueños y deseos. Sobre todo deseos. Gracias a el blog los conocí a ustedes, mis lectores sin rastro, gracias a el blog te decidiste buscarme y de cierto, de cierto os digo que me encontraste... Brindo por un mejor 2015, brindo por un 2014 lleno de aprendizaje, decepciones y fortalezas; solamente existe una cosa de la que me arrepiento: no haber renovado mi credencial de préstamo en la biblioteca pública.

Ágætis byrjun 2015.

El regalo



Mañana sería Navidad, y aun mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo del niño por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo, que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.
El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
—¡Qué reglamentos absurdos!
—¡Y tanto que deseaba el árbol!
La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué...? —preguntó el niño.
El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
Había un único ojo de buey, una “ventana” bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentándose, hacía apenas cinco minutos, creyó haber encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.
—Hijo —dijo—, dentro de medía hora, exactamente, será Navidad.
—Oh —dijo la madre, consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidaría.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.
—Ya lo sé, lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
—Sí, sí. todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero... —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—Ya es casi la hora.
—¿Puedo tener tu reloj? —preguntó el niño.
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—A eso vamos —dijo el padre y tomó al niño por el hombro.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
—No entiendo.
—Ya entenderás. Hemos llegado —dijo el padre—.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina.
El padre llamó tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.
—Entra, hijo —dije el padre.
—Está oscuro.
—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto realmente estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la cual podían ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento.
Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban los viejos, familiares villancicos; y el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas…








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® El regalo de Ray Bradbury